Un equipo internacional liderado por el Centro de Astrobiología (CAB), la principal institución de investigación en astrobiología de España, ha detectado por primera vez una molécula de azúcar en el medio interestelar. Se trata de la eritrulosa, azúcar de cuatro carbonos que en nuestro planeta se encuentra en frambuesas u otros frutos rojos y se utiliza en la industria cosmética, indica un comunicado de prensa.
La investigación, publicada este lunes en la revista Nature Astronomy, encontró la eritrulosa en la nube molecular G+0.693-0.027, una región cercana al centro de la Vía Láctea, y ha sido posible gracias al uso de los radiotelescopios del Observatorio de Yebes y del Instituto de Radioastronomía Milimétrica, de 40 y 30 metros de diametro respectivamente.
"Nuestro trabajo muestra que los azúcares se pueden formar de manera natural en el espacio", explicó Izaskun Jiménez-Serra, investigadora del CAB y primera autora del trabajo. Se precisa que hallaron 12 señales que coincidían perfectamente con el espectro de la eritrulosa medido en laboratorio, y confirmaron que este azúcar es al menos ocho veces más abundante que otros azúcares más simples que no se habían encontrado en la misma zona. Este resultado, según Jiménez-Serra, fue "inesperado", ya que contradice la idea de que las moléculas crecen solo mediante la adición de átomos de carbono.
El equipo descubrió, además, que la eritrulosa puede formarse en los hielos interestelares a partir de compuestos más sencillos, como alcoholes y aldehídos de solo dos átomos de carbono. Este proceso abre la puerta a que moléculas mucho más complejas, como la ribosa —que forma parte del ARN—, puedan también estar presentes en el espacio. "La detección de eritrulosa en una nube molecular es un descubrimiento emocionante", señaló Carlos Briones, coautor del estudio.
De acuerdo con estimaciones del grupo científico, entre 0,5 y 50 millones de toneladas de este azúcar pudieron haber llegado a la Tierra durante el Bombardeo Intenso Tardío, un período en el que el planeta recibió innumerables impactos de meteoritos y cometas, hace entre 4.100 y 3.800 millones de años. El descubrimiento apunta a que los primeros compuestos necesarios para la vida en otros planetas o en sus satélites podrían no haber surgido allí, sino haber llegado desde el espacio, facilitando así los primeros procesos metabólicos y de replicación que le dieron paso.


